Hasta el último sorbo

Estacionar en el Recreo, buscar la salida lateral y caminar hacia la calle que conduce a Bello Monte, es la rutina que sigo para ir a una reunión. 

Cuando llego a la esquina, metódicamente cruzo hacia la acera derecha. 

En la izquierda, desde la mitad hasta el final de la primera cuadra, siempre hay un basurero. 

Sí, literalmente un basurero, decenas de bolsas plásticas negras, rasgadas y apiladas, y una amalgama de desperdicios de todo tipo, desparramada por el lugar.

Hoy, el basurero estaba habitado. 

Tres jóvenes morenos y flacos, agachados en distintas posiciones, hurgaban. 

Escudriñando sus faenas, pasó por mi mente la estúpida idea de acercarme a preguntarles si efectivamente, conseguían algo que se pudiera comer, cuando uno de ellos levantó un mallugado pote de jugo -de esas cajitas pequeñas que venden para que los niños lleven en sus loncheras-, lo miró detenidamente mientras lo giraba -supongo que buscando el orificio donde se pone el pitillito para tomar-, se lo llevó a la boca y succionó, desesperado, hasta el último sorbo.

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Acerca de olgaramos

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